Hoy, 29 de agosto, se cumple un año del fallecimiento del Dr. Juan Manuel Celis Ponce. Muchos sentimos que ese periodo de tiempo pasó muy rápido, sentimiento nada raro en nuestros días donde, sobre todo en las grandes ciudades, muchas actividades las desarrollamos bajo la presión del tiempo, categoría universal y general que expresa la sucesión en que van existiendo los fenómenos que se sustituyen unos a otros. El tiempo es irreversible y no podemos detenerlo.
¡Lástima! Muchos quisiéramos volver a vivir los momentos felices de nuestra vida, pero todo proceso material se desarrolla en una sola dirección, del pasado al futuro.
Me precio de haber vivido muchos momentos felices al lado del Dr. Celis Ponce. Trabajamos juntos alrededor de 10 años, en Texcoco, Estado de México, aunque nuestra amistad surgió muchos años antes. Aun en el trabajo, que por momentos era bastante movido, nos dimos tiempo para conversar, para disfrutar de una deliciosa comida y hasta de una copa de buen vino. En esas tres materias el doctor también era un especialista. Y digo "también", porque quienes lo conocimos pudimos darnos cuenta de que era un ser humano poco común, con un desarrollo integral admirable. Entre otras de sus grandes cualidades, conocía de deportes y disfrutaba de ellos, sabía de música clásica y popular, cantaba e interpretaba piezas bellísimas con su guitarra como el mejor de los guitarristas, tenía un fino sentido del humor, era amable y caballeroso. Todo eso y más era el doctor Juan Manuel Celis Ponce, por eso es difícil olvidarlo y no sonreír cuando su recuerdo vuelve a mí.
Su muerte fue la que merecen los hombres buenos; murió tranquilo y feliz, teniendo a su lado a la compañera de toda la vida, la bella Sarita, y rodeado de sus hijos y nietos. Su funeral fue tal y como él lo quiso. Lo velamos en un jardín, y lo acompañamos hasta bien entrada la tarde cantando varias de sus canciones favoritas acompañados por los acordes del piano y las guitarras. Si los muertos aún pudieran escuchar y hablar, seguramente que él también cantaba y sus manos se movían haciendo vibrar las cuerdas de su guitarra. No hubo lágrimas ni llantos, él así lo pidió y, aunque difícil, tuvimos que acatarnos.
El doctor Celis se fue físicamente, pero su cariño por los más necesitados se quedó entre nosotros. Curó a muchos de ellos a cambio de poca paga, pues nunca hizo de su profesión de médico una fuente de riqueza. Vivió modestamente. Las puertas de su casa siempre se abrieron al amigo, al compañero, al necesitado de un consejo o de un alivio. Observó con fidelidad el juramento hipocrático, por ello le fue concedido gozar felizmente su vida y su profesión, honrado siempre entre los hombres. ¡Hasta siempre, querido doctor!
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