MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

¿Qué sabemos de la guerra Estados Unidos contra Irán?

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Mientras a la clase trabajadora del mundo se nos exige apretarnos el cinturón ante la inflación y los salarios que no alcanzan, los dueños del capital vuelven a encender las máquinas de la guerra. Hoy las bombas amenazan directamente a la gente de a pie en Irán, pero la onda expansiva de esta agresión nos golpea a todos por igual. A pesar de las supuestas pausas temporales en los bombardeos anunciadas por Estados Unidos tras semanas de intensos ataques, la agresión contra la República Islámica de Irán no ha cesado; continúa y mantiene en vilo a toda la región. La población civil iraní vive bajo el temor constante de nuevas bombas, mientras las negociaciones permanecen atascadas en trampas diplomáticas diseñadas para ganar tiempo.

Para entender la dimensión de este conflicto basta con mirar los datos reales que los grandes medios prefieren ocultar. Desde el recrudecimiento de la escalada a inicios de este año 2026 y los violentos ataques del presente mes de julio, Estados Unidos e Israel han ejecutado cientos de bombardeos en territorio iraní. Fuentes independientes y autoridades locales reportan miles de muertes, incluyendo a más de mil 700 civiles inocentes. No sólo han atacado instalaciones militares; también han destruido zonas residenciales, escuelas y plantas de agua potable, lo que constituye una flagrante violación al Derecho Internacional Humanitario y a la Carta de la Organización de las Naciones Unidas. Como bien han señalado expertos internacionales, no estamos ante una operación defensiva, sino ante una guerra de agresión ilegal.

A esto cabe preguntarse: ¿por qué este empeño constante en atacar a Irán? La respuesta no está en la moral, sino en la geopolítica. Irán representa un obstáculo directo para el dominio hegemónico de Estados Unidos en la región. Y esto va más allá de controlar yacimientos de petróleo; se trata de dominar un punto estratégico vital como el Estrecho de Ormuz, el canal por donde transita gran parte del comercio energético del planeta. Dominar ese flujo es clave para el control económico global, pero Irán, junto con las fuerzas de resistencia en el Líbano y Yemen, ha demostrado que se puede resistir, respondiendo a las agresiones y conteniendo las pretensiones imperiales en la zona.

Pero detrás de esta ofensiva militar hay algo aún más profundo que debemos señalar con claridad: la guerra siempre ha sido la vía de escape del capitalismo en crisis. Para el sistema capitalista y para los grandes empresarios de Estados Unidos, la guerra funciona como un verdadero "respiro" económico. Cuando sus mercados se estancan, cuando su modelo ya no puede competir pacíficamente frente a otras potencias comerciales, recurren al conflicto armado. Destruir países enteros les permite dos cosas: reactivar la industria multimillonaria del armamento y abrir nuevos territorios para saquearlos y reconstruirlos bajo sus propias reglas. La guerra no es una casualidad, es una obstinación calculada para reanimar un sistema decadente y garantizar que la élite capitalista mantenga su dominio global a costa de la sangre de los pueblos.

Sin embargo, esta misma aventura bélica está generando profundas grietas dentro del propio Estados Unidos. El Congreso pide explicaciones al Secretario de Guerra por los costos desorbitados y la falta de transparencia sobre las bajas y los objetivos reales. Al mismo tiempo, en las calles, movimientos sociales, alcaldes progresistas y la propia clase trabajadora norteamericana alzan la voz, cansados de sufragar guerras infinitas que solo benefician a una minoría mientras se recortan presupuestos para la salud, la educación y la vivienda.

La guerra no es una casualidad, es una obstinación calculada para reanimar un sistema decadente y garantizar que la élite capitalista mantenga su dominio global a costa de la sangre de los pueblos.

Por eso resulta tan falsa la narrativa oficial que nos quiere vender esta guerra bajo el disfraz del "rescate de la democracia" o la "liberación de las mujeres". Es un discurso hipócrita que oculta los verdaderos intereses corporativos. ¿Cómo hablar de derechos humanos mientras se ignora el genocidio contra el pueblo palestino y se pone en riesgo la vida de más de 85 millones de personas en Irán? Esta guerra no trae paz ni libertad; profundiza la desigualdad y el sufrimiento a escala global.

Para comprender el verdadero tamaño de este horror, tenemos que quitarnos la venda que nos han puesto los medios de comunicación y la propaganda. Nos han acostumbrado a ver la guerra como si fuera una película: un espectáculo distante con explosiones limpias, héroes con uniforme y efectos especiales donde el dolor parece ficticio. Pero la realidad de la guerra no es un guion de cine. La guerra real significa niños masacrados bajo los escombros de sus propios hogares, significa familias enteras desplazadas caminando sin rumbo, huyendo del fuego. La guerra es la tortura, las violaciones sistemáticas de derechos humanos, las carreteras destruidas por las que no puede pasar ni una ambulancia y la falta desesperante de agua potable mientras las bombas contaminan las pocas fuentes que quedan. No es una ficción lejana: es el infierno en la tierra para millones de personas trabajadoras como tú y como yo, que un día lo tenían todo y al día siguiente sólo tienen escombros.

Es aquí donde debemos rechazar rotundamente esa falsa neutralidad que intenta vendernos que "todos los bandos son igual de malos". Hay que llamar a las cosas por su nombre: hay una potencia imperialista agresora y hay un pueblo que defiende su soberanía. De este conflicto debemos extraer una lección fundamental sobre cómo se sostiene una nación ante la tormenta. A pesar de las contradicciones internas y los enormes desafíos sociales que enfrenta Irán, su población ha sabido cerrar filas y articular una sola fuerza para frenar la agresión externa. Eso nos demuestra dónde está la verdadera naturaleza de la guerra y la resistencia.

Esta lección no nos queda lejana ni es un asunto ajeno. La vocación de agresión del imperio militar y económico es la misma amenaza que, para nuestra desgracia, puede cernirse sobre nuestro propio país en cualquier momento. Rechazamos la guerra sin dudarlo porque siempre la pagamos los trabajadores con nuestra sangre y nuestro trabajo. Pero si algo debemos aprender de esta crisis es que la verdadera unidad nacional no se impone por decreto ni con discursos vacíos: la unidad nacional se construye con progreso y justicia social.

Este es un llamado de atención urgente tanto para la clase trabajadora como para la clase política de nuestra patria. Es imposible consolidar una unidad nacional real frente a las amenazas exteriores si no se garantiza un desarrollo integral y equitativo para las clases populares y de las comunidades. Construir esa fuerza exige limpiar a fondo los sectores corrompidos de la política que frenan el progreso, exige erradicar a esas rémoras que han construido cotos de poder a costa de la razón, amparándose en el desdén hacia las demandas populares que siguen sin resolverse. Un pueblo fragmentado por la desigualdad y traicionado por la corrupción es vulnerable; en cambio, una población con justicia social, desarrollado y con dignidad es invencible.

Por todo esto, no podemos mirar hacia otro lado. Debemos despertar, informarnos y organizarnos desde nuestros barrios, sindicatos y comunidades. Exijamos paz, respeto a la autodeterminación de los pueblos y el fin definitivo del imperialismo. La historia juzgará esta violencia, y será la clase trabajadora organizada la que torcerá el rumbo hacia la verdadera justicia. ¡Paz para Irán, paz para Palestina, paz y dignidad para la clase trabajadora del mundo!

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