MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Protestas en Francia: lecciones para San Luis Potosí

image

• El declive europeo evidencia la crisis educativa y exige al pueblo unirse frente al modelo neoliberal

Quienes vivimos de nuestro trabajo sabemos que la vida en San Luis Potosí no es fácil. En el campo, en la colonia, en el taller o en la escuela, todos los días se siente el peso de un sistema que nos exige mucho y nos devuelve poco.

Ese sistema es el capitalismo, una forma de organizar la economía en la que lo que producimos entre todos termina acumulado en unas cuantas manos, mientras la mayoría trabaja para sostener ese privilegio. Y ese sistema no es sólo el nuestro: es el mismo que gobierna en Europa y que hoy está haciendo erupción entre los jóvenes franceses.

Por eso nos importa lo que pasa allá. Porque las contradicciones que ellos están viviendo son las mismas que nosotros sentimos aquí, sólo que con otro rostro.

Entender lo que ocurre en Francia nos ayuda a entender lo que nos pasa en México y nos da pistas sobre cómo organizarnos.

El movimiento comenzó el 17 de septiembre en un liceo, al sureste de París. Los estudiantes salieron en apoyo a sus maestros, que estaban en huelga por falta de personal y de recursos.

De ahí se extendió como fuego seco: en pocos días, entre 266 mil y 450 mil personas marcharon en toda Francia. ¿Qué piden?

Cosas muy concretas, nada de consignas huecas. Piden profesores que no falten, porque en el último ciclo el 10 % de las horas de clase simplemente no se impartieron.

Piden aulas que no se caigan a pedazos, que tengan calefacción en invierno y sombra en verano. Piden que el sistema de acceso a la universidad no los deje fuera: el año pasado 130 mil jóvenes se quedaron sin lugar.

Piden, en suma, condiciones mínimas para estudiar. Y aquí viene el dato que a nosotros nos debe doler: para 2026 el gobierno francés tiene previsto eliminar más de 4 mil plazas docentes en la educación pública.

En los últimos quince años no se había visto un recorte así. Mientras tanto, las aulas de los barrios populares llegan a tener 35 alumnos, y en el departamento más pobre de Francia, Sena-Saint-Denis, un estudiante pierde en promedio el equivalente a dieciocho meses de clase a lo largo de su escolaridad por falta de maestros que los reemplacen.

Ahora bien, no nos engañemos. Esto no ocurre porque al presidente Macron se le haya ido la mano por descuido.

Ocurre porque hay una decisión política de fondo: el presupuesto público se ha puesto al servicio del sector empresarial y se ha vaciado el servicio público para que el negocio privado encuentre ahí su oportunidad.

Los números lo ilustran. El gobierno francés planea un ajuste fiscal de 60 mil millones de dólares para 2027, con el argumento de reducir un déficit que ronda el 5.4 % del PIB y una deuda pública que ya rebasa el 119 % del producto.

Pero, ¿dónde se recorta? En 2026 se congelan los salarios de los servidores públicos y las prestaciones sociales, se aumentan los deducibles médicos y se recorta el gasto ministerial.

Mientras tanto, las ayudas a las grandes empresas, unos 211 mil millones de euros, no se tocan. Es decir: se aprieta el cinturón a los de abajo para no incomodar a los de arriba.

Eso es lo que los jóvenes franceses están sintiendo en carne propia. No es un problema de mala administración: es una forma de gobernar que prioriza el negocio sobre el derecho a la educación.

Y aquí conviene detenernos en algo que a veces se nos olvida. Ese progreso europeo que tanto nos presumen no cayó del cielo.

Se construyó sobre la posición colonial del siglo XIX, sobre el despojo de África y Asia, sobre el trabajo esclavo y la extracción de recursos naturales de otros pueblos.

El presupuesto público se ha puesto al servicio del sector empresarial y se ha vaciado el servicio público para que el negocio privado encuentre ahí su oportunidad.

Esa riqueza acumulada les permitió montar sistemas de bienestar que hoy se están desmoronando. Y se desmoronan, precisamente, porque el neoliberalismo, esa doctrina de dejar todo en manos del mercado, ha ido cobrando la factura a los sectores populares durante décadas.

Por eso es importante decir con claridad: las protestas no tienen un sesgo racial. Es cierto que Francia ha recibido migración de sus antiguas colonias, pero eso no es más que el efecto del empobrecimiento que el propio colonialismo produjo.

Acusar a los migrantes de los males sociales es una maniobra de los medios pagados por los magnates para dividirnos. Y nosotros no debemos caer en esa trampa.

Mucho se dice que los muchachos de hoy están perdidos, atrapados en el celular, indiferentes a todo, pero, afortunadamente, esta condición no es absoluta. La movilización de los jóvenes franceses viene a desmentir eso de tajo.

No están indiferentes: están indignados, y tienen razones. Eso mismo debemos mirarlo en San Luis Potosí.

En nuestras escuelas, muchas veces falta lo básico: aulas sin techo digno, sin agua, sin materiales. Maestros que ponen el alma y el cuerpo sin reconocimiento.

Jóvenes que tienen que elegir entre estudiar y ayudar en la casa o en el campo. La indignación de los jóvenes parisinos debería ser un espejo donde nos miremos, y un acicate para organizarnos.

Celebramos que los jóvenes se levanten. Pero, seamos precavidos en cuanto a los alcances.

La movilización francesa es espontánea, es decir, no planeada del todo, y eso tiene un doble filo.

Por un lado, muestra la fuerza de la inconformidad real. Por otro, una protesta sin dirección clara puede desestabilizar a un gobierno, lo cual no es malo en sí mismo, pero también puede ser captada y desvirtuada por los sectores más conservadores.

En Francia, las encuestas favorecen a Marine Le Pen, la candidata de la ultraderecha, la candidata de los más ricos. Si el descontento popular no tiene una organización que lo encauce hacia una propuesta de fondo, termina alimentando a quienes prometen soluciones falsas mientras defienden los mismos privilegios.

Por eso, nuestra apuesta debe ser siempre por una protesta inteligente y coordinada. No sólo estudiantes.

También las amas de casa, los trabajadores, los obreros, los campesinos, los comerciantes. Debe existir una organización que aglutine las inconformidades, y, sobre todo, subrayémoslo mucho, una comprensión profunda de las contradicciones.

No podemos concluir que todo esto se arregla con un gobierno menos torpe o una administración más eficiente.

El capitalismo es una forma económica que tiene a su servicio gobiernos que lo empoderan y estados que intentan mitigar las contradicciones a punta de programas asistenciales o, cuando eso no basta, de represión agresiva, como ocurre hoy en Francia.

Aprender para nosotros, en San Luis Potosí y en todo México, significa entender que una movilización eficaz no se agota en la protesta.

Requiere organización permanente, análisis de largo plazo, y una meta que, aunque suene difícil es la única que vislumbramos: la toma del poder para cambiar la dirección del Estado a favor de las clases trabajadoras.

Sólo así, los ejemplos de heroísmo de la juventud parisina podrán traducirse, para nuestro estado y nuestro país, no sólo en mejores condiciones de las escuelas, sino en una vida digna para todos los trabajadores.

NOTICIAS RELACIONADAS

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más

FOTOGALERÍAS