En nuestro país ningún Jefe de Gobierno de la Ciudad de México o Jefe de Departamento de la CDMX, como se le llamó antes de 1997, ha podido, desde el priismo hasta la época actual en que gobierna el PRD, llegar a ser presidente de la República; es cierto que algunos han logrado ser candidatos, pero ninguno ha pasado de ser gobernante de una de las diez ciudades más grandes del mundo al poder de Los Pinos. Existen analistas que aseguran que la razón de que nadie lo haya podido lograr se debe a que un gobernante de la metrópoli necesita trabajar mucho para que al terminar su mandato logre la aceptación de sus gobernados; otros dicen que porque ninguno ha implementado políticas públicas medianamente aceptables que combatan y ataquen los principales problemas de los más de nueve millones de habitantes y al final voten por él. Sea cual fuere el caso, nadie ha brincado a la Presidencia desde la antesala capitalina.
Es posible que también haya influido el esquema político existente de 1929 hasta 1997, período en el que hubo 22 Jefes de Departamento del D.F., algo no cuadraba entre los funcionarios locales y los candidatos del oficialismo y, sin entrar en más detalles, eso era normal, porque el gobierno capitalino era designado y removido por el Presidente de la República. Desde 1997, cuando Cuauhtémoc Cárdenas triunfó por la vía electoral sobre el priista óscar Espinosa, se "elige" mediante el sufragio al gobernante de la capital de la República.
Pero lo oportuno no es el recuento de quién o quiénes han gobernado la Ciudad de México, sino mostrar cómo los gobiernos de "izquierda", emanados del PRD, han resultado incapaces de proponer medidas acertadas para resolver los graves problemas de la ciudad y, en la mayoría de los casos, han terminado en el más vergonzoso descrédito entre los ciudadanos.

Miguel ángel Mancera, quien concluirá su mandato dentro de dos años, obtuvo en 2012 uno de los triunfos más contundentes de las elecciones de Jefe de Gobierno, 63.6 por ciento de los votos, con un poco más de tres millones 28 mil, cifra que superó los votos de Cuauhtémoc Cárdenas, de López Obrador y de Marcelo Ebrard. Tres fueron los factores que al parecer ayudaron a Miguel ángel Mancera a conquistar el poder: en primer lugar su imagen de funcionario eficaz en la PGJDF y las propuestas que tenía para beneficiar a la gente, (en las que incluía una rotunda negativa a aumentar el precio del boleto del Metro), en segundo la fortaleza y control que el PRD tenía en la ciudad; y en tercer lugar la aprobación de la gestión del anterior jefe de gobierno; pero estos tres puntos a favor ya se le acabaron a Mancera, pues desde el año pasado, al rendir su tercer informe, su administración ya presentaba índices de aprobación menores al 40 por ciento.
La desaprobación de los ciudadanos hacia la administración mancerista puede entenderse por dos factores. Primero, porque en situaciones o momentos de crisis que se presentaron en la capital no ofreció ni la atención adecuada ni propuso alternativas reales de solución; como ejemplo de ello podemos citar la evidente corrupción en el manejo de los recursos destinados a construir la Línea 12 del Metro; el mal desempeño en la procuración de justicia; el pésimo manejo de las marchas y protestas y sobre todo el bloqueo y represión hacia ellas; y sus diferencias con el gobierno del Estado de México en el tema de la contaminación. En segundo lugar el gobierno de Mancera, desde el primer año de su gestión, ha vivido de la agenda que dejaran López Obrador y Marcelo Ebrard, no tienen un proyecto propio de gestión y, por lo tanto, no pueden realizar un trabajo distinto a las administraciones anteriores, que los capitalinos reconozcan como beneficioso para las mayorías; en el gobierno de Mancera no hay programas de gobierno eficaces y los problemas sociales lo rebasaron, por ejemplo en 2014 y 2015, la fuerza pública cometió numerosos abusos y se reprimió de manera sistemática las manifestaciones del Movimiento Antorchista, cuyos miembros exigían obras y servicios; una fuerte caída en la aprobación del actual Jefe de Gobierno se debió también al aumento en la tarifa del Metro, llegando incluso a que dos de cada tres capitalinos opinan que el problema del transporte no ha mejorado.
En la más reciente encuesta del Gabinete de Comunicación Estratégica, realizada en junio, el gobierno de Mancera sale muy mal parado, pues el 78.9 por ciento piensa que la CDMX se encuentra rezagada y estancada; la CDMX ocupa el séptimo lugar de insatisfacción, pues sus habitantes se quejan por su situación económica actual; el 70 por ciento de la población opina que la gestión de Mancera no ha trabajado por bienestar social; la CDMX ocupa el décimo lugar en inseguridad, pues el 68 por ciento de la población ve que los principales problemas son la delincuencia, inseguridad, corrupción, impunidad, el mal gobierno y la ingobernabilidad; el 76.5 por ciento asegura que Mancera no tiene el control de la capital y, finalmente, siete de cada 10 capitalinos desaprueban la gestión perredista.
Los miles de capitalinos organizados en el Movimiento Antorchista de la Ciudad también desaprueban al gobierno mancerista y han anunciado una protesta de 40 mil mexicanos para el día 17 de septiembre, cuando rendirá su cuarto informe.
Las peticiones de los antorchistas son de fácil solución para un gobierno con elemental sentido de la justicia; son las obras y servicios mínimos a que todo mexicano tiene derecho; piden restituir viviendas a 300 familias de la Ciénega que, literalmente, fueron demolidas el cinco de febrero, cuando llegaron dos mil granaderos y, sin más, comenzaron a golpear a las familias y a derribar sus casas; y aunque los colonos mostraron recibos que demostraban que habían pagado por los terrenos, la decisión de Mancera estaba tomada, se trataba de favorecer a la transnacional Walmart. El gobierno prometió construir 870 viviendas que beneficiarían a más de cuatro mil citadinos, pero esto sólo ha quedado como una promesa incumplida más. En educación exigen la construcción de una secundaria en la delegación Gustavo A. Madero, donde el gobierno local secuestró desde hace cuatro años los seis millones de pesos que habían sido destinados y etiquetados para esa obra. Además, el gobierno perredista se opone a conectar la red eléctrica, construcción ya concluida hace un año en Tiziclipa, Xochimilco y que tuvo un costo de casi siete millones de pesos; finalmente, entre otras demandas no resueltas se encuentra el cambio de uso de suelo en colonias de Tláhuac, Milpa Alta, Tlalpan y Xochimilco, varias de ellas con dictamen positivo, es decir, con estudios realizados por especialistas en Desarrollo Urbano que consideran viable la regularización de estos predios, ocupados en su mayoría desde hace 20 y 30 años; sin embargo, el gobierno de la Ciudad no mueve un solo dedo para resolver este problema. Y por si negar atención a estas elementales peticiones fuera poco, en nueve ocasiones ha reprimido las protestas para denunciar la insensibilidad del gobierno de la Ciudad, dejando a su paso más de 30 heridos.
Por todo lo dicho, el gobierno de Mancera llega a su cuarto informe con un estigma de impopularidad imborrable; es un gobierno en crisis y será muy difícil que la gente vuelva a votar por el partido que lo postulara. Mancera está muerto políticamente, tal vez ni como candidato independiente volverán a aceptarlo los votantes a quienes tanto daño ha hecho un gobierno represivo, insensible y profundamente antipopular. Al fin y al cabo ningún gobernante de la capital ha podido pisar Los Pinos; y la historia, con Mancera, se repetirá.
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