MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La violación de la soberanía de un pueblo

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Lo que ocurre hoy en Venezuela no es un error diplomático ni una disputa menor entre gobiernos. Es una imposición abierta, una agresión directa y una violación flagrante a la soberanía de un pueblo.

Estados Unidos no actúa como observador ni como mediador, actúa como potencia invasora que pretende decidir quién gobierna, cómo se gobierna y bajo qué condiciones vive un país entero. Y eso, dicho con claridad, es un acto de guerra.

Ningún país, por poderoso que sea, tiene derecho a imponer gobiernos ni a decidir desde fuera el destino de millones de personas.

La gravedad de la situación no está en el debate interno venezolano, que corresponde única y exclusivamente a su pueblo, sino en la intromisión descarada de una potencia extranjera que no tolera proyectos políticos fuera de su control.

Sanciones económicas, bloqueos, desestabilización mediática, presión internacional y amenaza militar: ese es el manual de intervención que Estados Unidos ha aplicado una y otra vez. ¿El resultado? Países devastados y pueblos empobrecidos.

La historia es contundente. Cada vez que Estados Unidos “entra” a un país, la vida del pueblo empeora. No hay excepción. Irak, Libia, Afganistán, Siria: todas naciones convertidas en territorios fragmentados, con Estados debilitados y sociedades rotas.

La promesa de democracia nunca llega; lo que llega es el saqueo, la violencia y la miseria. Pensar que en Venezuela sería distinto es ignorar deliberadamente la experiencia histórica.

Por eso Venezuela no es un caso aislado, es un precedente peligroso. Lo que hoy se ejecuta contra ese país puede replicarse contra cualquier nación que decida no alinearse a los intereses políticos y económicos del imperialismo.

La soberanía deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio condicionado. Quien obedece es tolerado; quien se rebela es castigado; esa es la verdadera consigna del imperio estadounidense.

Por eso compañeros, como mexicanos no podemos mirar hacia otro lado. No se trata de simpatías ideológicas ni de defender gobiernos, sino de defender un principio fundamental y es que los pueblos tienen derecho a decidir su propio rumbo.

Sólo el pueblo venezolano puede resolver sus diferencias internas. Ningún país, por poderoso que sea, tiene derecho a imponer gobiernos ni a decidir desde fuera el destino de millones de personas.

La empatía con nuestros hermanos venezolanos no es un gesto moral abstracto, es una posición política necesaria. América Latina ha sido históricamente el laboratorio de las intervenciones imperialistas y siempre es el pueblo trabajador quien paga el costo más alto.

El bloqueo no golpea a las élites; los ricos y poderosos siempre tienen la opción de irse si así lo quieren; el golpe siempre va al pueblo trabajador, a quienes viven de su salario, a quienes sostienen la vida cotidiana.

México no está exento de esta lógica. Creer que estamos a salvo es una ilusión peligrosa. Si algo demuestra el caso venezolano es que ningún país es intocable cuando decide defender su soberanía y sus recursos.

Hoy la agresión es contra Venezuela; mañana puede ser contra cualquier nación que no se someta y vivir sometidos tampoco debería ser una opción.

Por eso la discusión no puede quedarse en la indignación momentánea. Debe traducirse en conciencia, organización y preparación ideológica. Un pueblo que no entiende el mundo en el que vive es un pueblo vulnerable.

La soberanía no se defiende solo con discursos oficiales; se defiende con un pueblo organizado, politizado y consciente de su papel histórico.

México es de los mexicanos, sí, pero sobre todo es del pueblo trabajador y pobre, que constituye la mayoría y que siempre ha sido quien defiende el país en los momentos decisivos. La defensa de la soberanía pasa por la organización colectiva, por la educación política y por la disposición a resistir cualquier intento de imposición extranjera. 

No se trata de glorificar la guerra y asumir que en cada uno de nosotros hay soldado, sino de asumir que la dignidad no se negocia. Los pueblos que no están dispuestos a defender su derecho a decidir terminan gobernados desde fuera. 

Venezuela hoy resiste; nuestra tarea es no guardar silencio, organizarnos y estar preparados. Porque la historia ha demostrado que el imperialismo no se detiene solo: se le enfrenta colectivamente.

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