Ya en varias ocasiones he hablado de lo mal que se encuentra el sistema educativo de nuestro país y, a pesar de que las actuales autoridades educativas se han negado a ser evaluadas por mecanismos internacionales como PISA, en la cual el último año que fuimos evaluados estábamos entre los países con peores resultados en matemáticas y lectura.
El bajo nivel educativo no es casualidad; responde a intereses que requieren mano de obra con formación mínima.
En la edición de El Universal del 18 de marzo de este año se publicó la alarmante noticia de que México está reprobado en lectura, principalmente en escuelas de educación primaria, de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco.
Además, persisten los rezagos en infraestructura y servicios básicos; más de 70 % de las escuelas carecen, entre otras cosas, de internet y computadoras, herramientas básicas en los tiempos actuales.
Menos de la mitad de los alumnos que terminan la educación primaria cuentan con habilidades básicas de comprensión lectora necesarias para continuar sus estudios; una de las razones por las que adolescentes de nivel secundaria son excluidos de las aulas, ya que la comprensión lectora es fundamental para avanzar en otras áreas del conocimiento, pues si no se comprende lo que se lee, no se puede entender nada.
También existen estudios que arrojan datos serios que confirman que, entre la población mayor de 18 años en México, el nivel de lectura ha caído catorce puntos porcentuales en la última década, lo que refleja una crisis en los hábitos de lectura de nuestro país y nos coloca como uno de los de peores resultados en Latinoamérica.

México, siendo la décima tercera economía del mundo en producción de riqueza, de acuerdo con datos del Inegi al cierre del cuarto trimestre de 2025 alcanzó un PIB de 36.310 billones de pesos, destina únicamente, según datos oficiales, 4 % a este rubro, que aparenta ser un buen porcentaje, pero si se revisa el monto anual dedicado a cada alumno es totalmente insuficiente, ya que es de 2 mil 800 dólares en promedio por estudiante, cuando, de acuerdo con la OCDE, se calcula un promedio de entre 12 mil y 13 mil 200 dólares en la misma proporción.
Pero esto no es un error ni una casualidad, es un plan perfectamente pensado por la clase dominante y aplicado por el gobierno en turno para mantener el estado actual de las cosas, pues así conviene a sus intereses.
Para que funcionen las fábricas y las empresas y sigan dando las pingües ganancias que obtienen, no se requiere más que el mínimo de formación. A ellos no les interesa el desarrollo científico e intelectual del pueblo trabajador; por el contrario, mientras menos herramientas teóricas tenga, mejor, así no podrá darse cuenta del engaño en el que vivimos en este sistema, donde pretenden hacernos creer que nos pagan por nuestro trabajo, cuando lo que se nos paga es lo indispensable para recuperar nuestras fuerzas y regresar al día siguiente a trabajar, que no es lo mismo.

Sumidos en la ignorancia, tampoco podemos defendernos ante las injusticias que se cometen contra nosotros y otros trabajadores en el país y el mundo; nos hace insensibles ante el dolor ajeno porque estamos atrapados en el propio y no alcanzamos a ver que existe una solución.
Debemos abrir los ojos y reconocer que somos los productores de la inmensa riqueza de nuestra patria y tenemos derecho no sólo a recibir un pago por nuestra fuerza de trabajo, sino a contar con mejores condiciones educativas, médicas y sociales.
Pero sólo se logrará si nos organizamos y nos formamos para dar la batalla y salir triunfadores; así podremos cambiar las políticas públicas, donde lo prioritario sea el auténtico desarrollo de niñas, niños y jóvenes, que se enamoren de la ciencia y el saber.
Nuestro país tiene juventudes tan valiosas como cualquiera; sólo hay que brindarles una buena formación. No olvidemos la célebre frase del pensador cubano José Martí: “Un pueblo culto es un pueblo libre”. Aspiremos y trabajemos para lograrlo.
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