MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La capacidad de asombro y su mutilación

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En 1950, George Kennan, jefe del sector de planificación en el Departamento de Estado durante el periodo del presidente estadounidense Harry S. Truman, redactó un informe para los embajadores estadounidenses en América Latina donde señalaba: “La política exterior del país debe preocuparse por la protección de nuestra materia prima (es decir, la materia prima latinoamericana)”.

Por lo tanto, era necesario combatir una herejía peligrosa que, según los informes de inteligencia, se estaba propagando por todas las naciones latinoamericanas: “La idea de que el gobierno tiene una responsabilidad directa por el bienestar de la población”.

Más de 14 millones de personas padecen rezago educativo, falta de servicios de salud, inseguridad alimentaria, precariedad en su vivienda y seguridad social.

Desde entonces, se ha sembrado dicha sentencia, y vaya que a la fecha ha dado frutos amargos para la clase trabajadora en sus gobiernos respectivos.

Nos venden la falsedad del libre albedrío, pero la realidad muestra lo contrario: absuelven de la más mínima responsabilidad al Estado —el ente que debería transformar las condiciones materiales— y colocan como responsable primordial al ciudadano de a pie, a ese que trabaja todos los días para poder sobrevivir, aquel que carece de lo elemental para vivir dignamente.

En última instancia, culpan al individuo de todos los males de la sociedad, exonerando a los verdaderos causantes.

Más de siete décadas después, el éxito de esta estrategia puede medirse en una peligrosa derrota: la pérdida de la capacidad de asombro. 

Dicha pérdida puede llevarnos a aceptar que las precarias condiciones en las que viven millones de mexicanos son su propia culpa. Esta aceptación no es accidental, sino un triunfo en la difusión de las ideas de la clase dominante —dueña de los medios de producción y comunicación—, que logra reducir un mal sistémico a un simple “fracaso individual”.

Al desvincular al Estado de su responsabilidad social, se consigue que el trabajador no identifique a sus opresores, sino que atribuya su miseria a una supuesta falta de esfuerzo o voluntad. Este panorama es alarmante.

Según el reporte What Worries the World (enero 2026) de la consultora Ipsos, el crimen y la violencia se mantienen como la principal preocupación para los mexicanos (61 %), seguidos de cerca por el desempleo (36 %) y la desigualdad social (28 %), factores que intensifican la desconfianza social y afectan la calidad de vida.

Los estados de la macro región Occidente y Pacífico Centro (Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Nayarit y Colima) concentran una población de 21 millones 958 mil 555 habitantes.

Según datos del Inegi, sólo el 33 % se clasifica como población no pobre y no vulnerable; en contraste, el 67 % restante —la inmensa mayoría— enfrenta carencias sociales. Esto significa que más de 14 millones de personas padecen rezago educativo, falta de servicios de salud, inseguridad alimentaria, precariedad en su vivienda y seguridad social.

A pesar de que esta región genera el 16 % de la riqueza nacional y alberga al 17 % de la población, ¿quién goza realmente de esa riqueza?  Ciertamente, todos menos la clase trabajadora de dichos estados. ¿Qué disfruta esta? 

En Jalisco, el segundo epicentro nacional de sarampión; en Michoacán, el 46.1 % de la población no tiene acceso a los servicios de salud; en Guanajuato, el 21.1 % tiene rezago educativo; en Nayarit, el 12.9 % padece carencias alimenticias y, en Colima, el 21.7 % de la población se encuentra en pobreza laboral; es decir, sus ingresos son insuficientes para adquirir la canasta básica.

La clase trabajadora se desplaza masivamente hacia el país vecino del norte, impulsada por el hecho de que los estados mencionados son los principales centros de expulsión de migrantes en México.

A pesar del constante clima de terror y violencia generado por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), como pudimos ver con la insólita captura de Liam Conejo, un niño de apenas cinco años, los mexicanos tienen que andar en la primera línea de fuego, porque de otra manera no pueden satisfacer sus necesidades elementales. 

No es coincidencia que las entidades con mayor recepción de remesas sean Guanajuato, Michoacán y Jalisco; en conjunto, estos tres estados representaron en 2025 el 25 % del total de divisas enviadas al país, según datos del Banco de México. 

Lejos de ser un “logro” gubernamental, esta dependencia económica evidencia la incapacidad del sistema local para garantizar las condiciones mínimas de subsistencia.

Así es, la señora necesidad —inflexible e impecable— empuja una y otra vez a los trabajadores a abandonar su tierra para vender su fuerza de trabajo.

Ante esta realidad, perder la capacidad de asombro no es una mera abstracción, sino la aceptación resignada de que millones vivan en la precariedad.

Debemos aprender a espantarnos de lo que es capaz el ser humano en aras de obtener la máxima ganancia: se sacrifica el desarrollo pleno y armonioso a cambio de monedas de oro para unos cuantos.

No es casualidad la campaña mediática para que la clase trabajadora deslinde de culpas a los gobiernos de la clase dueña de los medios de producción; al final, mientras más distraída esté, más fácil será de controlar.

Así lo demuestran los casi mil millones de pesos que invierten en este rubro los estados mencionados líneas arriba. ¿Quién decide el destino de los recursos públicos? Los que están en el poder, no hay más.

¿Quiénes se ven favorecidos año con año? Aquellos a quienes mejor convienen los intereses del poder; y no son las colonias populares ni los pueblos, son las zonas residenciales que se desarrollan aceleradamente a costa del erario.

Toda la clase trabajadora que vive en los pueblos o colonias populares debe tener presente que existe una guerra constante: la de las ideas. Esta es la más peligrosa, pues busca adoctrinar, día con día, a quienes sólo poseemos nuestra fuerza de trabajo para subsistir.

El sistema busca sembrar los valores que a él le convienen: pasividad, sumisión ante la autoridad, la codicia como virtud, el beneficio individual y la falta de interés por el prójimo.

La meta es que la población no deje de estar desconcertada; resulta indeseable para el poder que la gente se preocupe por el mundo, pues si miran la realidad, es posible que se propongan cambiarla. 

Debemos dimensionar correctamente quién es quién y qué responsabilidades tiene cada uno con la sociedad, para que al unísono nos organicemos como un solo hombre y un solo ideal. Sólo así reclamaremos el pedazo de mundo que nos merecemos. No hay más.

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