El pasado domingo 25 de octubre, el Teatro Constituyentes del 74, en Chetumal, fue escenario de la conmemoración del segundo aniversario luctuoso de los mártires antorchistas quintanarroenses: Cristóbal Pilar Reyes, Berta Portilla Díaz y Virginia Esteban Franco.
Tres compañeros que dejaron huella en la historia del Movimiento Antorchista en Quintana Roo y cuyo ejemplo invita a reflexionar sobre las desigualdades que persisten en el estado y la necesidad de organizar al pueblo para transformarlas.
Cristóbal Pilar Reyes dedicó parte importante de su vida al trabajo financiero de la organización, una tarea fundamental para sostener su independencia; Berta Portilla Díaz fue una mujer del pueblo que se convirtió en activista y defensora de los derechos sociales, mientras que Virginia Esteban Franco destacó por su compromiso con la lucha antorchista.
Recordar sus nombres no debe quedarse únicamente en los discursos conmemorativos: significa reconocer el esfuerzo de quienes dedicaron su tiempo y energía a mejorar las condiciones de vida de las familias trabajadoras.
La ceremonia tuvo también una expresión que merece especial atención: la participación de los grupos culturales del Movimiento Antorchista, que ofrecieron un banquete artístico con bailes, poesía y música.
Su actuación llenó el escenario de talento, sensibilidad y emoción, demostrando que el arte puede convertirse en una forma de honrar la memoria y fortalecer la identidad colectiva.
La participación de niños, jóvenes y adultos mostró, además, el trabajo que hay detrás de la preparación artística y la importancia de brindar oportunidades culturales a los sectores populares.
Pero el significado de esta conmemoración va más allá del homenaje.

Obliga a mirar de frente la realidad de Quintana Roo, una entidad que presume sus destinos turísticos, sus hoteles de lujo y la llegada de millones de visitantes, mientras miles de familias trabajadoras enfrentan dificultades para acceder a una vivienda digna, servicios básicos y mejores oportunidades de desarrollo.
La contradicción es evidente: el estado que genera riqueza a través del turismo también tiene colonias donde el agua potable escasea, calles sin pavimentar, drenaje insuficiente y asentamientos que esperan la regularización de sus terrenos.
En ciudades como Cancún y Playa del Carmen, el crecimiento urbano y la expansión turística han incrementado las necesidades de vivienda y servicios, mientras que el costo de rentar o adquirir una casa representa una carga considerable para muchas familias.
La prosperidad que se anuncia desde los grandes complejos turísticos no siempre llega a quienes trabajan en hoteles, restaurantes, comercios y otros servicios que sostienen esa actividad económica.
Quintana Roo atrae a personas de distintos estados del país que llegan con la esperanza de encontrar empleo y mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, conseguir trabajo no garantiza superar la pobreza cuando los ingresos deben destinarse a rentas elevadas, transporte, alimentación y servicios.
Así, para muchos trabajadores, el esfuerzo cotidiano apenas alcanza para cubrir las necesidades inmediatas, mientras el sueño de tener una vivienda propia y un patrimonio familiar se aleja cada vez más.
El problema no consiste en negar la importancia del turismo para la economía estatal, sino en cuestionar un modelo de desarrollo que no garantiza que la riqueza generada se traduzca en bienestar para todos.
El crecimiento económico debe medirse también por las condiciones en que viven los trabajadores, por el acceso a los servicios públicos, por las oportunidades educativas y culturales y por la posibilidad de que las familias construyan un futuro digno.
Acercar el arte al pueblo significa ampliar sus horizontes y reconocer que las personas no necesitan únicamente ingresos y servicios, sino también educación, conocimiento y espacios para desarrollar sus capacidades.
De poco sirve presumir grandes inversiones y modernas instalaciones turísticas si, al mismo tiempo, existen comunidades que siguen esperando servicios indispensables.
En este contexto, la cultura tampoco puede considerarse un lujo reservado para quienes tienen recursos económicos. Cuando las familias enfrentan carencias, el acceso al arte suele quedar relegado frente a necesidades más urgentes.
Sin embargo, precisamente por eso resulta importante que las expresiones artísticas lleguen a las colonias, escuelas y comunidades populares. La educación cultural contribuye a desarrollar la sensibilidad, la creatividad y la capacidad de comprender la realidad; también permite que niños y jóvenes descubran sus aptitudes y encuentren espacios para expresarlas.
La actuación de los grupos culturales antorchistas durante el aniversario luctuoso mostró el resultado de un trabajo que exige disciplina, preparación y constancia.
A través de la danza, la poesía y la música, sus integrantes demostraron que los hijos de las familias trabajadoras también pueden formarse artísticamente y participar en espectáculos que acerquen la cultura al pueblo.
No se trata solamente de presentar un programa para amenizar un acto, sino de reconocer que el arte puede contribuir a la formación integral de las personas.
Esta labor adquiere mayor relevancia en una entidad donde el desarrollo turístico ocupa buena parte de la atención pública, pero las necesidades sociales siguen siendo un desafío. La cultura debe formar parte de las oportunidades que se ofrecen a la población, no depender exclusivamente de la capacidad económica de cada familia.
Acercar el arte al pueblo significa ampliar sus horizontes y reconocer que las personas no necesitan únicamente ingresos y servicios, sino también educación, conocimiento y espacios para desarrollar sus capacidades.

Los grupos culturales y los mártires antorchistas representan, desde distintas trincheras, una misma preocupación por el desarrollo del pueblo.
Cristóbal Pilar Reyes contribuyó al trabajo financiero de la organización; Berta Portilla Díaz defendió causas sociales desde su condición de mujer del pueblo, y Virginia Esteban Franco mantuvo su compromiso con la lucha.
Los artistas, por su parte, aportan a la formación cultural de los sectores populares. Sus actividades son distintas, pero coinciden en la importancia de trabajar colectivamente y abrir oportunidades para quienes históricamente han tenido menos acceso a ellas.
Por eso, honrar a los mártires también significa preguntarse qué sociedad se está construyendo en Quintana Roo y quiénes se benefician de su crecimiento.
La pobreza, las dificultades para acceder a una vivienda, la insuficiencia de servicios y las limitadas oportunidades culturales no deben asumirse como consecuencias inevitables del desarrollo. Son problemas que requieren atención pública, inversión social y una participación organizada de la población para exigir soluciones.
La memoria de Cristóbal Pilar Reyes, Berta Portilla Díaz y Virginia Esteban Franco debe permanecer vinculada a las causas que defendieron.
Y la actuación de los grupos culturales durante esta conmemoración recordó que la lucha por una sociedad más justa también pasa por educar, cultivar la sensibilidad y acercar el arte a quienes pocas veces tienen acceso a él.
"Morir por Antorcha es vivir" cobra sentido cuando el recuerdo se transforma en trabajo, organización y compromiso con el pueblo.
En un Quintana Roo marcado por el contraste entre la riqueza turística y las carencias de miles de familias, mantener vivo ese ejemplo significa continuar impulsando mejores condiciones de vida y oportunidades para todos, incluidas aquellas que permiten al pueblo disfrutar, practicar y crear arte y cultura.
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