• Con 5 mil asistentes, el Festival por la Unidad de los Pueblos demostró que la cultura es vía de organización
Oaxaca es tierra de artistas, músicos, danzantes, poetas, artesanos y pueblos que han hecho de la cultura una forma de resistencia, de identidad y de defensa de sus raíces. Aquí, la música acompaña las fiestas, la danza cuenta historias, las artesanías conservan la memoria y las tradiciones se transmiten de generación en generación.
El arte, para Antorcha, tiene una función que va mucho más allá del escenario, porque un pueblo que canta también puede organizarse.
Pero frente a toda esta riqueza cultural cabe preguntarse: ¿el arte y la cultura están realmente al alcance de todos los oaxaqueños? La realidad de las mayorías responde por sí misma.
En un estado donde la cultura constituye uno de sus mayores tesoros, todavía existen comunidades donde la niñez, la juventud y los mismos campesinos, colonos y amas de casa, tienen muy pocas posibilidades de acercarse a la música, la danza, el teatro o las distintas expresiones artísticas, pues para miles de ellos, el acceso a una formación artística sigue siendo un privilegio y no un derecho efectivo.
Por eso, insisto en lo que referí en mi opinión pasada, aunque se pregone que “Oaxaca es el corazón cultural de México”, la necesidad cultural es enorme debido a que los recursos destinados a estimular la creación y el desarrollo artístico siguen siendo insuficientes.
Para ejemplo, tan sólo en este año 2026, el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Oaxaca contempla 67 estímulos, con una bolsa total de 4 millones de pesos.

Tal cantidad a todas luces resulta pequeña frente a las enormes necesidades de un estado con más de 4 millones de habitantes y con una riqueza cultural que debería ser impulsada, protegida y puesta al alcance de todos.
Y es precisamente esto lo que da pie al Movimiento Antorchista a decir que el arte no debe ser privilegio de unos cuantos, porque la cultura y el arte educan, sensibilizan, fortalecen la identidad y contribuyen a formar seres humanos capaces de comprender su realidad y, sobre todo, de transformarla.
Por eso, el Festival por la Unidad de los Pueblos no fue solamente una fiesta cultural, sino que su propósito fue mucho más profundo: llevar el arte al pueblo, reconocer a nuestros artistas y demostrar que la cultura también puede convertirse en una herramienta de organización, conciencia y lucha. Porque un pueblo que canta, que baila, que crea, que conoce su historia y que aprende a valorar sus raíces, también puede aprender a reconocerse como parte de una misma comunidad. Y cuando un pueblo adquiere conciencia de sus problemas y de su fuerza colectiva, comienza a entender que las condiciones de pobreza y marginación que padece no son naturales ni eternas.

Desde la emblemática Plaza de la Danza, espacio construido precisamente para albergar manifestaciones artísticas y culturales, el Movimiento Antorchista de Oaxaca realizó el Festival por la Unidad de los Pueblos, al que acudieron más de 5 mil antorchistas.
La presencia del ingeniero Aquiles Córdova Morán, secretario general del Movimiento Antorchista Nacional, dio un significado especial a esta jornada, pues el festival mostró también la capacidad de organización y movilización que ha construido a lo largo de décadas.
Y esto no es producto de la casualidad, puesto que detrás de cada evento cultural, de cada movilización y de cada jornada de trabajo existe una estructura organizativa sostenida por hombres y mujeres que han decidido dedicar parte de su vida a organizar a los sectores más pobres de México.
Son trabajadores, campesinos, estudiantes, profesionistas y ciudadanos convencidos de que las cosas pueden y deben cambiar.

Promover el arte y la cultura de calidad en Oaxaca es, por ello, una tarea titánica, pero también una necesidad urgente. No puede hablarse de desarrollo mientras millones de mexicanos carecen de las condiciones materiales indispensables para vivir dignamente y mientras miles de jóvenes crecen sin oportunidades para desarrollar sus capacidades artísticas, intelectuales y deportivas.
Oaxaca continúa enfrentando graves problemas de pobreza, rezago educativo, marginación e inseguridad. Y ante esta realidad, los gobiernos van y vienen, cambian los discursos y las promesas, pero para amplios sectores de la población las condiciones de vida siguen siendo difíciles.
El problema no radica, pues, solamente en la falta de voluntad de uno u otro gobernante, sino que existe un sistema económico que concentra la riqueza en pocas manos mientras mantiene a millones en condiciones de pobreza y precariedad. Por eso, las carencias del pueblo no pueden resolverse únicamente con discursos, programas asistenciales o reformas parciales.
Y cuando los pueblos se organizan y exigen obras, servicios, educación, seguridad, vivienda, empleo o mejores condiciones de vida, muchas veces la respuesta no es la solución de sus demandas, sino el señalamiento, la descalificación e incluso la persecución de sus dirigentes.

Pero la historia demuestra que ningún derecho importante ha sido concedido gratuitamente a los pueblos, sino que los avances sociales han sido resultado de la organización, de la conciencia y de la lucha de quienes se niegan a aceptar la injusticia como destino.
Por eso el arte, para Antorcha, tiene una función que va mucho más allá del escenario, porque un pueblo que canta también puede organizarse; un pueblo que baila también puede protestar; un pueblo que conoce su historia también puede comprender las causas de su pobreza; y un pueblo consciente de su fuerza puede decidir cambiar su destino.
De ahí la importancia de que el arte llegue a las colonias populares, a las comunidades rurales, a las escuelas y a los lugares donde viven los sectores más desprotegidos.
Que los hijos de los trabajadores tengan las mismas posibilidades de conocer la música, la danza, el teatro y la poesía que aquellos que nacen en hogares con mayores recursos.
La cultura debe dejar de ser un privilegio y convertirse en patrimonio vivo del pueblo. Y si quienes detentan el poder nos dicen que las reformas serán suficientes para cambiar la vida de las mayorías, los antorchistas debemos preguntarnos si esas reformas realmente transforman las condiciones de vida de los pobres o solamente administran las desigualdades existentes.
La respuesta de Antorcha es clara: hay que preparar al pueblo, organizarlo y educarlo para que sea capaz de transformar de raíz la sociedad en que vivimos. Esa es la tarea, sobre todo hoy, cuando la pobreza, la desigualdad, la inseguridad y la falta de oportunidades siguen golpeando a millones de mexicanos; es más urgente que nunca, porque cuando el pueblo canta, no solamente celebra: también despierta, se reconoce, se organiza y aprende a luchar.
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