• El autor continúa reconstruyendo memorias del lago de Texcoco: desde la caza colectiva hasta la desaparición del paisaje
Pues como le contaba, no, aquí antes no sufríamos de hambre. El lago salobre de esta parte del valle de México no era una desventaja, sino una bendición; cierto que necesitábamos agua dulce, pero esta la obteníamos excavando pozos cerca del lago.
“Matábamos muchos, muchos, de verdad, hasta mil o más. Cuando esto ocurría todos sabían de qué se trataba y corrían hacia el lago”.
Las aguas salobres eran someras y, como le decía, desde antes de diciembre hasta febrero y marzo, varias zonas del lago se secaban y podíamos obtener tequesquite que, dependiendo de su calidad, le llamábamos: espumilla, confitillo, cascarilla y polvillo, y que usábamos para cocer maíz, hacer nixtamal y luego tortillas, gorditas, tamales, atole y todo lo que usted sabe se puede preparar con el maíz; se lo poníamos también a los frijoles, a los quelites, nopales y a todo le cambiaba el sabor.
Esta especie de sal no sólo la usábamos nosotros, sino que era apreciada por muchísima gente que nos la compraba en los mercados o incluso venían a buscarla hasta acá.
Algunas veces, cuando queríamos comer algo distinto, salíamos hacia el cerro y nos metíamos al monte para cazar conejos, tuzas, coyotes, cacomiztle, tejones, ardillas, tlacuaches y ya, alejándonos más, metiéndonos a las sierras, también venados.

Aunque, debo decirle que, para nosotros, hombres de los humedales, matar estos animales era muy difícil y ya no se diga cazar un venado; por esa razón pocas veces nos alejábamos de la zona lacustre, salvo para traer leña.
En el lago teníamos casi todo. Siempre teníamos qué comer; por ejemplo, le decía de los chichicuilotes. Estos los capturábamos con redes que poníamos a la orilla del lago o dentro del mismo.
Estos pajaritos, tanto porque tenían que volar para irse a otro lado o porque los espantábamos, se enredaban en las redes y nosotros lo que teníamos que hacer era quitarlos de ahí, torcerles el pescuecito y llevárnoslos para comer; a los patos, nuestros antepasados los cazaban de manera similar, es decir, con redes, pero también lo hacían con hondas y piedras o flechas.
Aunque todo esto era más difícil, después, cuando los españoles trajeron las armas de fuego, poco a poco fuimos creando un sistema que después le llamamos “armada” y que consistía en poner, sobre un borde del lago, apuntando hacia donde nadaban o pasaban los patos, hasta cuarenta o más “escopetas” hechizas y coordinadas para disparar al mismo tiempo.

Para que los patos se juntaran en un solo lugar, les poníamos maíz a unos veinte metros de donde habíamos puesto las escopetas y, una vez que lo hacían, sólo era cuestión de hacer que levantaran el vuelo y disparar las escopetas hacia la parvada.
Matábamos muchos, muchos, de verdad, hasta mil o más. Cuando esto ocurría todos sabían de qué se trataba y corrían hacia el lago y recogían tantos cuantos patos podían; algunos, claro, no estaban muertos, sólo heridos, pero la gente se los llevaba a su casa en donde los remataban si no tenían remedio o los curaban para comérselos después.
Por cierto, le diré que acá hay un platillo que le llamamos “Pato a la basura”, pero que no es nada de lo que le sugiere el nombre, sino que se trata de que, no sé por qué, hay un tipo de pato que, si usted lo cuece en una olla y le pone mucha leña y un buen fuego, no se cuece bien, sino lo que tiene que hacer es ponerlo en una olla y ponerle fuego leve, con ramitas pequeñas o basuritas, como podríamos decirle.
Nosotros le llamábamos “Tecuitlatl”. Ahora creo que le dicen “Espirulina”, pero esa también la comíamos, es una especie de alga verdosa que recolectábamos en las aguas salobres y que sacábamos, secábamos y molíamos para luego combinarla con ahuautle para hacer tortitas de eso, de tecuitlatl y ahuautle con huevo.

Los huevos los teníamos de las gallinas, pero anteriormente nuestros antepasados también tenían huevos, y no estoy diciendo una grosería, pues como todo mundo sabe, nuestros ancestros habían domesticado el guajolote y de ahí obtenían los huevos, o bien recogían huevos de los patos que anidaban en los humedales.
¿De qué tiempo le hablo? Pues de 1940, todavía en 1960. En ese tiempo, El Salado era un lago salado en donde había chichicuilotes y patos y peces y todo lo que le dije. El Ancón era el lugar en donde llegaban los acalis, o canoas, que venían a la Magdalena Atlicpac o de ahí partían para muchos otros lugares.
Ahora todo eso ha desaparecido. El Salado ahora es una colonia del municipio de Los Reyes La Paz, el Ancón es otra colonia del mismo municipio y en lugar de todo lo que le dije, hay calles, avenidas, casas, automóviles, gente, basura y contaminación.
Los tiempos de los que le platiqué no volverán nunca.
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