• El costo de la canasta alimentaria urbana alcanzó los 2 mil 571 pesos mensuales por persona durante marzo de 2026
En marzo de 2026, mientras las estadísticas oficiales nos hablan de una inflación general del 4.6 % y de un salario mínimo que aumentó 13 % respecto al año anterior, el bolsillo de los mexicanos cuenta una historia muy diferente.
El imperialismo agoniza y, al hacerlo, arrastra a las economías dependientes, como la mexicana, a la ruina.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la canasta alimentaria —es decir, el conjunto mínimo de alimentos que permite a una persona sobrevivir sin caer en pobreza extrema— registró un incremento anual de 8.1 % en zonas urbanas y 7.9 % en zonas rurales.
Las familias mexicanas deben desembolsar hoy casi 5 mil pesos mensuales para adquirir los productos que integran la canasta básica de alimentos y servicios.
¿Qué significa esto en términos concretos? Que mientras la inflación oficial avanza a paso moderado, los alimentos —aquello sin lo cual sencillamente no se vive— se encarecen al doble de esa velocidad.
El jitomate, ingrediente fundamental de la cocina mexicana, registró un aumento anual de 123 %, convirtiéndose en el principal responsable del alza de la canasta alimentaria.
Una familia necesita hoy hasta 69.90 pesos para comprar un kilo de jitomate. No se trata de un lujo: se trata del condimento básico del frijol, del caldo, de la salsa que acompaña la tortilla.
El salario mínimo general vigente desde enero de 2026 es de 9 mil 582.47 pesos mensuales. En teoría, una familia con un salario mínimo podría adquirir 1.94 canastas básicas de 4 mil 940 pesos.
Pero la realidad es otra: ese cálculo oficial suma alimentos y servicios. La canasta alimentaria estricta (sólo comida) cuesta 2 mil 571 pesos en zonas urbanas y mil 940 pesos en zonas rurales.
Con el salario mínimo actual, una familia de cuatro personas —digamos, papá, mamá y dos hijos— tendría que destinar prácticamente todo el ingreso mensual sólo para no morir de hambre. No queda margen para vivienda, transporte, electricidad, útiles escolares, atención médica o vestido.
El capitalismo, sistema económico en que también está inmerso nuestro país, no es un sistema nacional sino global, por lo que las contradicciones del modo de producción que explotan en el centro del sistema sacuden hasta los confines más remotos de la periferia.
Lo que estamos viviendo hoy en México es una demostración desgarradora de esa ley. La guerra en Medio Oriente —nuevo escenario del eterno conflicto interimperialista por el control de rutas energéticas y mercados— ha provocado una volatilidad histórica en los precios del petróleo a nivel global.

México, a pesar de ser productor de crudo, no refina lo suficiente para cubrir su demanda interna, por lo que se ve obligado a importar gasolina, diésel y gas LP. El resultado: cada barril que se encarece por los bloqueos en el estrecho de Ormuz o por las sanciones impuestas por Estados Unidos a Irán se traduce directamente en mayor costo del transporte, de la electricidad, de la producción industrial y, finalmente, de los alimentos que llegan a nuestra mesa.
La crisis de los fertilizantes es otro eslabón de esta cadena. La guerra prolongada en Ucrania —que ya lleva cuatro años— ha interrumpido el suministro mundial de urea, fosfatos, potasio y amoniaco, insumos críticos para la producción agrícola.
México importa el 70 % de los fertilizantes que consume, y cada aumento de esos precios internacionales encarece el maíz, el frijol, el trigo.
El conflicto en Europa del Este y el conflicto en Medio Oriente —dos fuegos cruzados que parecen lejanos— confluyen en el mismo punto: el bolsillo de los trabajadores mexicanos, que cada mes ven cómo su salario alcanza para menos comida.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) —un organismo que pocas veces se caracteriza por su sensibilidad social— ha alertado que México será una de las economías más afectadas por esta coyuntura en el continente americano, con una inflación que podría ubicarse en 3.9 % al cierre de 2026, por encima de la de Estados Unidos (2.8 %) y la de Canadá (2.5 %). El organismo prevé un crecimiento de apenas 1.6 % para México en 2026.
En otras palabras: la economía se estanca, los precios de los alimentos se disparan y los salarios —aunque hayan aumentado nominalmente— pierden terreno frente a lo que realmente importa: la capacidad de poner comida en la mesa.
Ante este panorama, el lamento no basta. Tampoco bastan los apoyos monetarios temporales que los gobiernos —cualquiera sea su signo— puedan otorgar como parches.
No bastan los subsidios focalizados que sólo alivian el dolor sin tocar la raíz del problema. Porque la raíz no está en los factores climáticos —aunque el gobierno mexicano los invoque para explicar el precio del jitomate— ni en la oferta y demanda accidentales.
La raíz está en un sistema económico que ha convertido la alimentación en una mercancía más, sujeta a las leyes del beneficio, sometida a los embates de las guerras interimperialistas y a la especulación financiera.
La respuesta no puede venir de arriba; debe venir de abajo. La historia contemporánea nos ofrece ejemplos aleccionadores de cómo los pueblos sometidos a bloqueos, sanciones y presiones imperialistas han respondido no con sumisión sino con organización y resistencia.
Irán —sí, el mismo país cuyo estrecho bloquea Estados Unidos hoy; el mismo que acumula décadas bajo el régimen más cruel de sanciones económicas— ha demostrado que un pueblo organizado puede resistir. El duelo de resistencia económica entre Irán y Estados Unidos ha entrado en una fase peligrosa, pero la nación persa no ha cedido.

¿Qué lección podemos extraer de esa experiencia? Que las guerras interimperialistas —como la que hoy libra Estados Unidos contra Irán en el estrecho de Ormuz y como la que libra contra Rusia en las estepas ucranianas— son el síntoma más agudo de la decadencia del sistema capitalista mundial.
El imperialismo agoniza y, al hacerlo, arrastra a las economías dependientes, como la mexicana, a la ruina.
El imperio late con violencia porque sabe que su tiempo se agota: las nuevas potencias emergentes desafían su hegemonía, los mercados se fragmentan, las cadenas globales de suministro se resquebrajan, los pueblos del Sur global se levantan.
En esa pugna por sobrevivir, el imperialismo no duda en sacrificar a los débiles. México, con su economía abierta, su dependencia alimentaria y su sometimiento a las directrices del FMI y del Banco Mundial, es una de sus víctimas propiciatorias.
Urge entonces la organización de los trabajadores, de los campesinos, de los pueblos originarios, de las amas de casa, de los desempleados. Urge la construcción y fortalecimiento de la organización popular del pueblo.
La lección de Irán no es una lección de nacionalismo, sino de resistencia de clase. Un pueblo que ha aprendido a producir lo que necesita, a diversificar sus fuentes de abastecimiento, a crear circuitos económicos paralelos que escapan al control del capital financiero internacional.
En México, con nuestra riqueza agrícola, con nuestra tradición de lucha campesina, con nuestro potencial energético y productivo, tenemos todas las condiciones para construir esa misma capacidad de resistencia. Lo que falta es conciencia y organización.
No esperemos que el sistema se reforme desde arriba: los capitalistas no reforman el capitalismo, sólo lo administran en beneficio propio. La comida es cada vez más cara porque nuestro trabajo es cada vez más expoliado, porque nuestras materias primas son saqueadas, porque nuestra mano de obra es precarizada y porque el imperialismo, en su agonía, traslada los costos de sus guerras a las espaldas de los trabajadores del mundo entero.
La solución no vendrá con el próximo aumento salarial ni con el próximo subsidio. La solución vendrá cuando tomemos conciencia de que nuestro problema no es con el vecino que también batalla para llevar el sustento a su casa, sino con un sistema que nos enfrenta para dominarnos mejor.
La solución vendrá cuando los pueblos de México, de América Latina y del mundo comprendan que el enemigo común es el imperialismo y que la única respuesta posible ante su decadencia es la organización revolucionaria de las masas trabajadoras.
Como enseñaron Marx y Lenin: el yugo no se rompe con súplicas, sino con la fuerza consciente y organizada de quienes lo padecen.
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