En Antorcha somos ya cientos de miles de mexicanos los que hemos aprendido a levantar la cabeza contra la injusticia y la pobreza, pero también hemos aprendido a inclinarla ante la poesía, no por sumisión indigna, sino por respeto a su belleza, por el estado de meditación que nos provoca, por la inevitable reflexión de cuestionar por qué no aprendimos a apreciarla antes, sino hasta que el amor de los pobres organizados nos la ofreció como el más bello resultado de su lucha y, a la vez, como la aspiración sublime de la transformación material a que nos convoca. En un mundo en el que por todos lados nos acosan la violencia, el individualismo, la prepotencia y la vanidad, los antorchistas, tocados por la palabra de los poetas en voz de nuestros hermanos, nos preguntamos por qué hasta que entramos a Antorcha tocamos los dinteles de la gloria poética, quién es el culpable de que la poesía no haya formado parte de nuestro pan de cada día desde nuestra más tierna infancia; por qué la mantuvieron presa, lejos de nosotros, secuestrada; por qué a los concursos en la primaria y la secundaria nadie asiste si no es obligado, por qué ese desprecio a una de las expresiones más elevadas del espíritu humano; por qué, a fin de cuentas, fueron derrotados tantos buenos hombres del pasado que, amorosos, quisieron llevar la poesía al pueblo, en qué fallaron.
Inclinamos la cabeza ante ella, sí, pero cuando la poesía declamada bellamente nos toca el alma, levanta de nuevo nuestra cabeza, pasmada, atenta; ya no nos deja igual, como estábamos antes de escucharla, nos transforma y quedamos inevitablemente elevados, en espíritu. Se trata de una extraña sensación: nos damos cuenta de que somos los mismos, pero ya no somos los mismos, hemos quedado en otro nivel, aunque pisamos el mismo suelo. Entonces es cuando entornamos los ojos y pensamos convencidos que Antorcha puso a nuestro alcance los clamores de los vates.

Ningún maestro pagado, ningún funcionario de gobierno, ninguna ONG, institución o empresa capitalista nos ofreció el precioso tiempo de la poesía: es demasiado gasto para ellos. Tuvieron que ser los luchadores sociales quienes en más de cuatro décadas esparcieron por miles las semillas fecundas del verso, una vez tras otra, en miles de eventos político culturales, en miles de asambleas populares, en miles de volantes, en miles de momentos de fraternidad antorchista, la poesía estuvo presente declamada, floreciendo del barro inmundo depositado en nuestras mentes por la ideología burguesa. Ello sólo podía suceder en el fértil ambiente de la hermandad, de la solidaridad que sólo la organización popular podía crear. Y ello nos lleva de la mano a entender la respuesta a las muchas preguntas planteadas líneas atrás. El Maestro Aquiles Córdova Morán nos explica: "Leyendo poesía y oyendo declamar a los grandes declamadores, el pueblo mexicano, el pueblo pobre, puede llegar a romper la cárcel de su esclavitud actual". En efecto, la poesía es un arma cargada de pasado y de futuro, señala el Maestro Aquiles en su libro Conferencias Culturales. Por eso ha sido proscrita de nuestra vida.
A pesar de todo, en estas cuatro décadas, la poesía se ha desarrollado en el seno del pueblo pobre organizado hasta echar raíces profundas y –ella, tan sutil- materializarse en un concurso nacional del que ahora haremos su novena edición. Buen momento para encontrar a la poesía vestida con sus mejores galas, puliendo sus mejores armas, en el evento que se llevará a cabo el 28 de mayo a partir de las 10 de la mañana en el centro de convenciones Expo Reforma, de la Ciudad de México, y contará con la presencia de destacadas personalidades que integrarán la mesa del jurado, como el secretario general del Movimiento Antorchista Nacional, el Maestro Aquiles Córdova, quien al día siguiente nos hablará de la música popular mexicana en una conferencia que seguramente marcará época.
Mal mundo éste, renegrido de oscurantismo, al que urge iluminar con la luz invencible de la poesía, espíritu último de la transformación que se necesita. Ya no hay que esperar, urge ser parte de este cambio. Venga, aquí está su trinchera; aquí, sus municiones: los versos. ¿El resultado de esta guerra? Más versos.
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