• El intervencionismo estadounidense cobró 30 mil víctimas mortales e inspiró versos rebeldes contra regímenes tiranos
Para Otto René Castillo, desde su natal Guatemala, al vivir el derrocamiento de la dictadura de Jorge Ubico y la breve etapa democrática con Jacobo Arbenz a la cabeza (quien posteriormente fue depuesto en 1954 por la CIA mediante un golpe de Estado financiado por la United Fruit Company, para colocar en su lugar al coronel Carlos Castillo Armas, dando paso a 36 años de inestabilidad), estos acontecimientos debieron caer, en palabras de Roque Dalton, “como una ola sobre la niñez del futuro poeta, y llenaron de estímulos político-sociales su vida circundante, sus años de la primera educación, su adolescencia”.
Los poetas de antaño demostraron que la poesía no está hecha sólo de palabras; se mantuvieron firmes aun cuando su postura política o sus convicciones les acarreó el exilio, la persecución, la cárcel y hasta la muerte.
A través de su poesía fluye el impulso que pretende darle a su país para sacudirse el yugo del imperialismo y buscar la ansiada libertad, aun cuando eso implique sacrificar su propia vida, como finalmente lo hizo:
“…Yo bajaré los abismos que me digas. Yo beberé tus cálices amargos. Yo quedaré sin voz para que tú cantes. Yo he de morir para que tú no mueras. Para que emerja tu rostro flameando al horizonte de cada flor que nazca de mis huesos. Tiene que ser así, indiscutiblemente. Yo me cansé de llevar tus lágrimas conmigo. Ahora quiero caminar contigo, relampagueante. Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo. Ay, patria, a los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíces, colgarlos en un árbol de rocío agudo, violento de cóleras del pueblo. Por ello pido que caminemos juntos. Siempre con los campesinos agrarios y los obreros sindicales, con el que tenga un corazón para quererte. Vámonos patria a caminar, yo te acompaño…”.
La dictadura de Videla en la Argentina de 1976, respaldada por el secretario de Estado norteamericano Kissinger con la frase “Si tienen que hacer cosas, háganlas rápido”, duró hasta 1981 con todos sus horrores humanos y, cobrando la vida de hasta 30 mil personas entre militantes de izquierda, sindicalistas, estudiantes, intelectuales y opositores políticos, provocó también la aparición de poetas como Juan Gelman, quien al igual que muchos otros, padeció el secuestro de sus hijos y esposa. En “Mi Buenos Aires querido” nos dice:
“Sentado al borde de una silla desfondada, mareado, enfermo, casi vivo, escribo versos previamente llorados por la ciudad donde nací. Hay que atraparlos, también aquí nacieron hijos dulces míos que entre tanto castigo te endulzan bellamente. Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse, a resistir, aunque es seguro que habrá más penas y olvido”.
Mario Benedetti contextualizó todo el fenómeno intervencionista en su poema “El sur también existe”, pues además de sufrirlo personalmente, también padeció en carne propia la dictadura cívico-militar de 1973 a 1985 que lo mantuvo fuera de Uruguay, exiliado en Montevideo, Buenos Aires, Lima, La Habana y Madrid.
En él hace referencia a Milton Friedman y los Chicago Boys que dieron base teórica a la política económica aplicada por dictadores como Pinochet en Chile, Videla en Argentina y del ministro Alejandro Végh Villegas quien orientó la economía durante la dictadura uruguaya.
“… con sus predicadores sus gases que envenenan su escuela de Chicago sus dueños de la tierra con sus trapos de lujo y su pobre osamenta sus defensas gastadas sus gastos de defensa con su gesta invasora el Norte es el que ordena
pero aquí abajo, abajo cada uno en su escondite hay hombres y mujeres que saben a qué asirse aprovechando el sol y también los eclipses apartando lo inútil y usando lo que sirve con su fe veterana el Sur también existe…”.
El también uruguayo Eduardo Galeano, en la tercera parte de su trilogía “Memoria del fuego” titulada “El siglo del viento”, revive con su prosa poética los acontecimientos de 1954 en Guatemala, cuando la CIA organizó, como ya quedó dicho más arriba, el derrocamiento de Arbenz para proteger los intereses de la United Fruit Company; de igual forma, narra el golpe de Estado de 1973 ejecutado por Juan María Bordaberry en Uruguay y el de Augusto Pinochet en Chile de ese mismo año; asimismo, relata sobre el régimen dictatorial de Videla en Buenos Aires.
Como podemos ver, una realidad ingrata —que no es de suyo cruel y despiadada, sino a causa del desarrollo de un sistema rapaz, explotador e inhumano, cuyo auténtico producto de sus entrañas es el imperialismo estadounidense, principal protagonista de los despojos, invasiones, derrocamiento de gobernantes e imposición de dictadores— produjo a su debido tiempo hombres y mujeres sensibles que a través de sus versos retrataron esa realidad, empezando por los fundadores de la corriente antiimperialista como Darío y Martí; pasando por la generación del compromiso, como Neruda, Vallejo, Nicolás Guillén y Ernesto Cardenal; la generación de los revolucionarios como Dalton, Cortázar, Castillo, Gelman y Benedetti; los contemporáneos como Galeano; así como otros que al final cambiaron de rumbo o suavizaron el filo de su pluma como Gioconda Belli y Jaime Sabines.
Pero lejos de lo que pudiera pensarse, el imperialismo aún no acaba. Ha perfeccionado sus armas de guerra lo mismo que su aparato propagandístico.
Las violaciones a los derechos humanos y a la soberanía de las naciones están a la orden del día; el derecho internacional, así como las instituciones encargadas de velar por su cumplimiento son prácticamente inexistentes.
Hoy secuestran a un presidente como Nicolás Maduro a la vista de todos sin que nadie levante la voz; se impulsa abiertamente a gobernantes dóciles a la batuta norteamericana como Javier Milei, Nayib Bukele, Antonio Kast, Rodrigo Paz, De la Espriella y Fujimori sin que haya protesta social que lo pueda impedir.
Hoy, Cuba es convertida en la nueva Numancia, donde el imperio acaba lentamente con la vida de sus habitantes que resisten con dignidad ante la silente mirada de muchos.
Los poetas de antaño demostraron que la poesía no está hecha sólo de palabras; se mantuvieron firmes aun cuando su postura política o sus convicciones les acarreó el exilio, la persecución, la cárcel y hasta la muerte, como fueron los casos de Martí, Dalton y Otto René Castillo. Nunca se arredraron.
Por todo lo anterior, el vacío que se avizora al frente está planteando con urgencia la necesidad del surgimiento de una nueva generación de artistas de la palabra que nos digan, como Otto René Castillo: “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”.
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